“Noel Salomón ha recogido en el teatro de la época de los Austrias testimonios numerosos sobre la dignidad del campesino, que aceptaba las desigualdades, pero no sufría humillaciones ni injusticias de los superiores, porque era consciente de poseer una dignidad humana anterior a las jerarquías sociales. El éxito permanente de Peribáñez, Fuenteovejuna y El Alcalde de Zalamea testifican no sólo la existencia de estos sentimientos, sino de su aceptación por parte de lectores y espectadores que pertenecían, en gran proporción, a las clases medias y superiores.
Algo parecido podríamos decir en cuanto a las masas plebeyas urbanas, cuya innata dignidad y ausencia de servilismo extrañaban y en ocasiones indignaban a los viajeros de otros países. [...] En efecto, a pesar de las pragmáticas, el uso de vestiduras ricas era una afirmación visible de un sentimiento de autoestimación, lo mismo que el porte generalizado de la espada, incluso por los menestrales.
Esta innata dignidad y esta ausencia de actitud servil hacia los superiores han caracterizado siempre al pueblo españo1 que, como escribía Fernán Caballero, "se quita el sombrero pero no agacha la cabeza". Es herencia de la forma de repoblación de Castilla con cultivadores libres, sometidos muchas veces a las prestaciones señoriales, pero no a las formas degradantes del dominio feudal. Herencia medieval era también la aceptación por parte de las clases inferiores del código del honor y del sentido caballeresco de la vida, por lo que puede decirse que si la nobleza, como clase, era sólo una parte de la nación, sus ideales y su estilo de vida impregnaban la totalidad. Estos ideales no coincidían enteramente con los del Cristianismo, pues incluían una fuerte proporción de estimación propia (el famoso orgullo castellano), espíritu combativo, galantería y otros elementos, algunas de cuyas manifestaciones, como e1 duelo, fueron formalmente condenados por la Iglesia y tuvieron que buscarse compromisos más o menos convincentes”.
Antonio Domínguez Ortiz: “El Antiguo Régimen: los Reyes Católicos y los Austrias”, pp. 108-109.
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