No se han acallado todavía las reacciones en torno a los comentarios críticos vertidos por un veterano diputado del PP sobre la presencia de Aznar en el encuentro de las Azores cuando éste, el ex-presidente, se ha ratificado en Australia en su postura de apoyo incondicional a la invasión de Iraq decidida en su día por la administración Bush. Decir eso a cuatro años de iniciarse laguerra y con plena conciencia del fracaso militar y político que la operación ha supuesto debe ratificar al todavía presidente americano en su sensación de no poseer un amigo más fiel y lealmente ciego que Aznar ni entre los miembros más adictos del Partido Republicano.
La política exterior de Zapatero, es cierto, salta de fiasco en fiasco: subida del precio del gas por Argelia tras el viaje del Presidente español, efectos sobre la española Repsol por la nacionalización del gas del gobierno de Bolivia, expropiaciones de intereses españoles en Venezuela, fracaso de la política de contención migratoria con los países del Magreb y, finalmente, cambio de postura en el tradicional posicionamiento de España en en el conflicto del Sahara.
Pero frente a este caótico panorama el PP amenaza con entregarnos de nuevo a la sinrazón de la política internacional del Pentágono y volver a someternos a los designos del eje (del bien) anglo-sionista-americano. Animado, como si tal cosa fuera necesaria, por la americanofilia del más que presumible próximo presidente francés, Nicolas Sarkozy (eso, si Jean-Marie Le Pen no da la menos que probable campanada), y ratificado en sus convicciones por el K.O. técnico que en estos momentos mantiene sonada y tendida en la lona a la Unión Europea.
Bajo la presión migratoria de los países del Sur y del Este y atónita ante el alzamiento de China como nueva primera potencia mundial, la España que no comulga con Aznar-Rajoy ni con Zapatero no sabe muy bien hacia dónde mirar.